sábado, 24 de enero de 2015

VIVA EL SOFTWARE LIBRE

POR UNA CULTURA LIBRE
BASTA YA DE MONOPOLIOS

ESPERANZADOR EL LIBRO DE LESSIG, AUNQUE QUEDA AÚN MUCHO CAMINO POR RECORRER. SI LOGRAMOS AUNAR ESFUERZOS LO CONSEGUIREMOS. AHÍ OS DEJO MI REFLEXIÓN





“Daría todo lo que sé, por la mitad de lo que ignoro”
(René Descartes)
Los criterios para el software libre deben especificar las libertades precisas para que, aquellos que usen un programa, puedan participar y colaborar de forma activa en una comunidad. Esto no significa que no se defienda la libertad de los programadores. En absoluto; todos, en cierta medida, también somos programadores y, por tanto, la libertad debe ser exigida tanto para ellos como para nosotros. Cada uno de nosotros utiliza software escrito por otros y deberíamos contar con la libertad para el uso del software y no sólo para cuando usamos nuestro propio código. Nada tiene que ver que el usuario programe con frecuencia, de manera esporádica o no lo haga, pues debería ser irrenunciable la defensa de la libertad de todos ellos. Ahora bien, existe una encrucijada terminológica y de significado entre libertad y poder que debemos dejar convenientemente delimitada. La libertad consiste en tener la posibilidad de tomar decisiones que afectan principalmente a uno mismo. El poder consiste en tener la posibilidad de tomar decisiones que afectan a los demás, más que a uno mismo. Si confundimos poder con libertad, flaco favor habremos hecho a la defensa de la auténtica libertad.
El software privativo es un claro ejercicio de poder. Poder otorgado a los productores de software por las distintas leyes que regulan el copyright y la propiedad intelectual. Así, sólo estos productores son los que marcan las reglas del juego, las cartas de la baraja, con las que nos obligarán a jugar ya que, en lo concerniente a software, son muy pocas las personas que toman decisiones básicas en el mundo. Cuando los usuarios carecemos de las libertades que definen al software libre, ignoramos todo cuanto hace, no podemos tener la constatación de la existencia de puertas traseras, ni de la existencia de virus o gusanos. Para mayor desconsuelo, tampoco podemos conocer que información personal está siendo enviada y,
en caso de encontrar los informes, su detención es poco menos que imposible. ¿Es posible su reparación si se estropea? Pues me temo que no; a no ser que armados de paciencia llegue el día en que el productor ejerza su poder para conseguirlo. En una palabra, quedaríamos atascados y sin posibilidad de ayudarnos mutuamente para mejorarlo.
Casi siempre los productores de software privativo son empresas. En teoría, no deberían existir motivos para oponerse a las empresas pero, por desgracia, contamos con una mayoría de ejemplos de aquello que ocurre cuando las empresas tienen la “libertad” de imponer arbitrariamente las reglas a los usuarios de software. Un caso paradigmático es Microsoft, aleccionador de como la negación de las libertades del usuario pueden conducir al daño directo. Este, que actúa casi de monopolio, es uno de muchos ejemplos. Aunque la cuestión capital es el hecho del perjuicio que causa a la sociedad el software privativo. Libertad no es elegir al amo.
No son los usuarios y sí los programadores los que centran las discusiones sobre derechos y reglas para el software porque, al fin y al cabo, son sus intereses los que están en juego. Pocos mortales programamos habitualmente, menos todavía somos dueños de empresas de software privativo, pero todos necesitamos y utilizamos software. Inevitable conclusión: los productores de software controlan el modo en cómo el mundo vive, cómo nos entretenemos, cómo hacemos negocios y cómo nos comunicamos. Caso de existir cuestiones éticas o políticas, en ningún caso se ajustan al lema “libertad para elegir”; en todo caso esta “libertad” compete en exclusiva a los programadores.
Si uno entiende que el código fuente es ley, sería sencillo presuponer que nosotros y nadie más estaríamos en la disposición de controlar aquello que utilizamos, pero ¿realmente es así, o es un reducido grupo de elegidos el que maneja los hilos?. Sí, aunque el derecho sea nuestro, son ellos. Lástima, porque deberíamos ser nosotros los que decidiéramos que hacer con el software que utilizamos. A día de hoy, la legislación camina en sentido inverso, pues la regulación del copyright nos pone en una situación de poder sobre los usuarios de nuestro código, nos parezca bien o mal. ¿Qué sería moralmente admisible? Ni más ni menos que proclamar la libertad de los usuarios, tan fácil y tal difícil a la vez. Quién sabe, quizá la respuesta esté de la mano de Richard Stallman y su proyecto GNU (ñú en castellano), que lucha desde 1983 por un software libre para que todos los usuarios puedan “ejecutarlo,
copiarlo, modificarlo y distribuirlo” a través, entre otros medios, del Copyleft, la “c” invertida en contrapartida del copyright, consistente en el ejercicio del derecho de autor con el objetivo de permitir la libre distribución de copias y versiones modificadas de una obra u otro trabajo, exigiendo que los mismos derechos sean preservados en las versiones modificadas.
Termino dejando para la reflexión las palabras del humanista británico del siglo XVIII, William Hazlitt, que ya hace más de doscientos años expresó: “El amor a la libertad es amor a los demás. El amor al poder es amor a nosotros mismos”




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