Día de puesta en común. La conciencia entra en el aula aturullada, como cada mañana, y es invocada, cuál espíritu burlón, a que se manifieste. Hagamos por un momento de periodistas y busquemos el lado reflexivo de nuestro entrevistado. No buscamos el titular que nos catapulte a la portada, no. Se trata de un ejercicio de reflexión, de un desayuno con la prensa, relajado, sin café que nos sobreexcite, y
sin croissant que nos dispare al techo la glucosa. Es infinitamente más sencillo y perversamente más difícil. A un lado, la tinta del bolígrafo hierve preparando la embestida; al otro, una mente desordenada que rebusca en su trastero entre el catálogo de respuestas en stock.
“Te pido un diagnóstico de la situación . Quiero saber dónde y cómo te duele. Cómo anda ese intelecto de grasa, de morbidez, o hasta que punto lo que era un liviano desasosiego académico en la asignatura se ha convertido en una encefalopatía espongiforme, o dicho de otro modo, aquello que
les aconteció a las vacas (que ríen) el día en que definitivamente perdieron los papeles y de paso el juicio”.
Mi entrevistada no piensa, lo tiene claro, y el pilot negro derrapa sobre el folio, alquitranándolo de forma sinuosa pero breve, como si se tratara de una autopista que encuentra su fin al borde de un acantilado.
Algo no marcha. El desnudo periodístico se ha resuelto precozmente. Quizá no hubiera sido tan mala idea lo del croissant, más aún cuando la inversión de roles se ha precipitado de una forma tan inesperada. Es mi turno. Por mi cabeza zascandilean muchas sensaciones sobre el aprendizaje de los pasos de baile de la asignatura, pero todas van a cobijarse bajo una única definición: vértigo.
Aún así, la necesidad y el optimismo obligan, por lo civil o por lo criminal, a que uno intente hacer de lo imposible lo factible. Pero me quejo, sí, me quejo. Y no por espíritu crítico, término que por manido me parece hasta petulante; es una queja de duendecillo gruñón, consustancial, genuina, de morros hocicudos.
Necesitaría tiempo para asimilar con calma, para trabajar con prudencia, para dar forma a lo inaudito, para comprender lo incomprensible pero, en fin, “lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible”. Sólo me queda deslizarme de la manera más divertida posible por la espiral que el vértigo pone a mi disposición.
Porque sí, también pienso que aprendo y creo que, si algún día llega el éxito, su consecución dependerá, en buena medida, de la gestión acertada de los fracasos.
Entre las opiniones de clase, variadas como la ensalada de la casa o la miel de mil flores, me quedo con la de alguien que dijo que difícilmente se llega a un aprendizaje coherente de cualquier asignatura en un sistema que te impone el dominio de cinco materias en apenas cuatro meses lectivos. Sin duda que es así. Y sin duda que los ideólogos del ponderado Plan Bolonia se lo deberían, cuando menos, hacer mirar. Yo, mientras tanto, de Bolonia no me quedo con sus joyas renacentistas en forma
de vetustas iglesias . No, yo soy hombre vulgar, apegado a las pasiones terrenales y tengo, lo confieso, una tendencia innata a quedar seducido por los placeres de “il buon mangiare”, esto es, por una fina loncha de su suculenta mortadela atocinada
o por la celebérrima salsa boloñesa que adereza esos deliciosos macarrones de nomenclatura fálica.
Por hoy basta, que empiezo y no paro, y esto corre el riesgo de asimilarse a la tertulia desdentada de siete viejas tras un visillo oliendo a castaña y leña. En mi próximo encuentro con el diario os daré un adelanto de mis progresos, venturas y desventuras,
con el trabajo monográfico de la poligamia mormónica.
Un avance: mi primera toma de contacto telefónico con la comunidad de mormones de Granada, para concertar cita y visita, obtuvo un resultado ciertamente desalentador, quiero imaginar que por un atentado a la sutileza por mi parte. Puliremos formas y edulcoraremos carácter para que el próximo abordaje fructifique y goce de mejor fortuna.
To be continued...

No hay comentarios:
Publicar un comentario